Historia del Maquillaje – Parte IV

traditional-geisha-makeup-5433500d0cc2e-1024x1024
Las geishas obtienen con los polvos de arroz ese cutis blanco de muñeca de porcelana. 

Continuando con la historia del maquillaje, en este cuarta entrega los asiáticos llevan más de 4.000 años sirviéndose de la naturaleza para embellecerse. En el Primer Libro de las Hierbas del emperadors chino Shen Nung, que data del 3000 antes de Cristo, se recopila gran cantidad de información sobre su uso cosmético. La mujer hindú, por ejemplo, realza su atractivo personal con un sentido religioso. Frota su cuerpo con aceites perfumadosde jazmín, pachulí, o sándalo para suavizar y aclarar el tono de la piel. Se pinta los ojos con el consabido khol mezclado con aceite, los labios con bermellón, y las extremidades con henna.

makeup_hindu_2

Desde Birmania hasta Thailandiase generaliza el empleo de los polvos de arroz. Incluso las campesinas y las niñas lucen un inmaculado y uniforme rostro pálido como medio de conservar la tersura de la piel frente al sol y la suciedad. En el posterior Imperio del Sol Naciente se extiende el ideal de mujer-muñeca-de-porcelana, encarnado en la Geisha: cutis blanco, pequeña boca roja, ojos resaltados en tonos oscuros y pies minúsculos., torturados en un vendaje para impedir el normal crecimiento.

De manos de los árabes llegan a España todos los afeites importados de los pueblos orientales, así como el placer del baño, del que es testigo la Alhambra.  

Pero el péndulo de la historia se balancea, y entramos en la bruma de la Edad Media. Con la cultura encerrada en monasterios y conventos, el maquillaje de la mujer se considera pecaminoso. Sólo las brujas experimentan con las hierbas y prueban fórmulas malévolas para resaltar una hermosura… que, en muchas ocasiones, acaba chamuscada en la hoguera. Luego vendrán las costumbres pero a lo largo del siglo XVIII, se afianzan las incipientes industrias de la cosmética y la perfumería. Alcanzan renombre perfumistas italianos y franceses, cuyos aromas se venden en envases cuidadosamente diseñados en oro, plata, porcelana y nácar.

Rojo es el nombre de la moda. Rojos de día, rojos de noche, rojo vino para las damas de la corte, rojo violento para las cortesanas, rojos apagados para las burguesas. Tanto hombres como mujeres con posibilidades llevan maquillajes muy elaborados. Es una belleza un tanto artificial, ya que las máscaras de polvo de plomo se emplean, más que nada, para esconder las huellas de la viruela. Los cutis sanos acaban así destrozados por este hábito. Más de una beldad fallece intoxicada por las emanaciones del dichoso polvo.

También se empolva el pelo de blanco, el cual afortunadamente, queda protegido bajo pelucas de formas increíbles. Algunos grabados reproducen peinados que simulan carruajes y barcos de vela. Los fantásticos artilugios inventados para perfeccionar el empolvado tampoco se quedan atrás. Entre ellos, un techo corredizode paja que descarga la nueba blanca, junto a los conocidos embudos y capas (guardapolvo), para proteger el rostro y las ropas durante la operación. Tras la decadencia en que el maquillaje cae bajo Luis XIV, renace otra vez en la Regencia. Surge el Poudre à la Maréchale (creación de perfumes).

En Inglaterra, sin embargo, la cosmética cae en desuso. Fracaso absoluto del empolvado de rostro y cabello. En la cuestión llega a tomar cartas el Parlamento británico que en 1770, promulga una drástica ley: “se declara nulo y sin efecto cualquier matrimonio de los súbditos de su majestad que hayan sido inducidos al mismo, mediante aromas, pinturas, cosméticos, dientes artificiales, cabello falso, lana española, ballenas de hierro, zapatos de tacón alto, caderas sobresalientes. Las mujeres que así lo hicieren, incurrirán en el delito de brujería”.

En Ultramar (Las Américas), la historia corre pareja a la metrópoli. Idéntica ley es adoptada por el Estado de Pennsylvania, y otros similares lugares como la puritana Nueva Inglaterra. Los primitivos pobladores indios conocen los secretos que les brinda la tierra para elaborar complicados maquillajes de guerra, amor y muerte. A pesar de ello, los colonos no se dejan influenciar por costumbres salvajes. No sucede así con las colonias de origen francés, en las que florece el comercio de aromas y cremas.

Aún todavía no acabamos con la historia del maquillaje, así que nos leemos en el próximo artículo, para darles la quinta entrega.

De nuevo, gracias por leer!

(Bibliografía: Revista Muy Interesante año 6 N.76, Recetario natural de belleza. D.Peno. Miraguano Ediciones. Madrid. 1989)

@angieluthien

@luthienfashion

 

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s